El riesgo es vivir, comprometernos con el fluir de la experiencia que nos lleva a la incertidumbre a establecer contacto con el otro. Cuando me amordazo y me acallo para no sentir lo que me mueve mi cliente lo que hago es inventarlo desde una orilla estrecha sin correr el riesgo de perder pie, prefiriendo transitar por caminos predecibles que ya conozco y por lo tanto son obsoletos. La paradoja es que mientras más nos estrechamos como terapeutas más amplitud le exigimos a nuestros clientes.
La importancia que para mi tiene la sexualidad y agresividad en el contexto terapéutico radica en mi convencimiento de que solo desde la profundidad y fuerza de lo instintivo – cuando no es domesticado por la mente sino acompañado con el corazón – podemos entregarnos a la Vida como Presente Sagrado que nos regala el Misterio.
Dirigido por Antonio Gámiz.