
Juan García
- Licenciatura en Psicología. Universidad de Salamanca
- Máster en Sexología. Universidad Camilo José Cela
- Master Psicología General Sanitaria. Universidad Internacional de La Rioja
- Formación en Terapia Gestalt. Escuela Sevillana de Terapia Gestalt Jera
¿Has escuchado alguna vez eso de que la curiosidad mató al gato? Seguro que sí. Es uno de esos lugares comunes ante el que siempre he querido plantear una rebelión. Para mí la curiosidad es algo que conecta directamente con la vida. El asombro, la sorpresa, la disposición a desvelarse ante uno mismo para ir hacia los demás (porque si no… ¿para qué?), la fascinación por el mero hecho de habitar este lugar extraño, misterioso y exótico al que se suele llamar realidad. Poder mirar con ojos nuevos lo nuevo y lo antiguo como manera de agarrar la experiencia, el ahora.
En mi realidad subjetiva lo cierto es que, desde un recuerdo distante donde con unos 7 años fui interpelado por el recorte de mi silueta que parecía preguntarme “¿de qué va todo esto?, siempre he sentido un interés genuino por entender lo mejor posible aquellas historias que han ido cruzándose en el camino del propio vivir. Así que fruto de ello, en algún momento, más por impulso intuitivo que por otra cosa acabé estudiando psicología. Y os he de confesar que, aunque en parte calmó la curiosidad, quedó una picazón interna e insidiosa de incomprensión tras deglutir exitosamente el corpus teórico que me fue administrado.
Y es que el mapa, si bien de gran utilidad, me sabía a poco. Me faltaba algo que conectase todos esos modelos e ideas al cuerpo, al corazón y a esa cosa inefable a lo que se suele llamar dimensión espiritual. Por eso tengo por costumbre, de tanto en cuanto, recordarme que la Gestalt me devolvió de algún modo a la vida. A habitar el cuerpo y a apropiarme de la experiencia. A entender mejor narrativas propias y ajenas, a escapar de los cepos invisibles en forma de definiciones no elegidas, a revisar las conclusiones que no se habían podido madurar y en definitiva a poder re-decidir la forma de estar en la vida.
El poeta Robert Bly decía algo así como que nos pasamos media vida decidiendo qué partes de nosotros metemos en el saco y la otra media tratando de recuperarlas del mismo saco. Y ese es también un viaje fascinante, de redescubrimiento y resignificación. No siempre es fácil, no nos engañemos. Hay partes del trayecto donde es preciso transitar los parajes desolados del interior. Y también esos lugares, faltaría más, merecen una mirada dedicada y delicada.
Y ahora estoy aquí, escribiendo estas líneas para ti que estás leyendo probablemente con tu propia curiosidad como gasolina. Y desde esta cuasi eterna rebanada espaciotemporal de presente quiero sencillamente decirte que estoy aquí para acompañarte si así lo deseas. Para explorar los paisajes devastados, los lugares cotidianos y los destellos fugaces de plenitud. ¡Demostremos al refranero que, al menos en esta ocasión, se equivoca!
Tras un año en la carrera de Matemáticas donde lo único que aprendí fue a jugar decentemente al ajedrez, empecé mis estudios en la licenciatura de Psicología que cursé en la Universidad pública de Salamanca. Desde la carrera, a través de las prácticas, tuve mis primeras experiencias de acompañamiento. Estuve primero con el convenio universitario y después como voluntario en el Centro Joven de Sexualidad y Anticoncepción de Madrid. En esa época y desde el interés de comprender mejor cómo se construyen las sexualidades (entendiendo sexualidad como un hecho biográfico y transversal a múltiples áreas de la vida) cursé un máster de Sexología en la Universidad Camilo José Cela e impartí talleres de Educación Sexual en Centros de Menores.
En mis primeros años laborales (dejando a un lado trabajos precarios de supervivencia donde también aprendí mucho) estuve vinculado al mundo de lo social, trabajando en centros de menores, también haciendo labores de acompañante terapéutico para perfiles de cierta complejidad clínica o desempeñándome como monitor ocupacional con personas con diversidad funcional y psíquica.
Esto me sirvió fundamentalmente para entender mejor tres cosas: 1. La importancia de los contextos y cómo pueden impactar en los individuos, No todo es una cuestión individual. Vivimos en un entorno que también modela quienes somos y quienes creemos ser 2. Todo sufrimiento merece una mirada respetuosa en donde es también necesario entender la diversidad y particularidad de cada persona y 3. Existen privilegios que no son accesibles a todo el mundo, es necesario tener en cuenta cómo esto opera en la manera en que se construyen los relatos identitarios y colectivos.
Más adelante llegué a la formación en terapia Gestalt, siendo este el giro copernicano que abrió para mí el campo. Momentum madriguera de conejos en Alicia en el país de las maravillas. Desde entonces he seguido formándome en la medida de mis posibilidades en Guión de Vida, Eneagrama, Terapia de Pareja, Psicopatología y Neurodivergencias. Ámbitos de sumo interés para mí. A partir de 2018, con la formación recién terminada, estuve trabajando en un centro de Educación Emocional en Sevilla que cofundé con una amiga y compañera de la formación y que despegó y luego cayó como consecuencia de la terrible crisis del Covid.
Tras ello he estado los últimos años trabajando como terapeuta en Córdoba (mi querida tierra natal) antes de retornar a Madrid (también querida tierra adoptiva y de infancia) Han sido tiempos de cambios profundos y también de aprender a quedarme en lo que hay y con lo que hay. Ahora hay más pausa y menos aceleración. Eso sí, la capacidad de asombro sigue intacta.
También me apetece contarte que siempre me ha gustado escribir (especialmente guiones), la actuación (en cortometrajes) y el cine en general. Y es que hay algo mágico en todo ese mundillo: el poder poner lo interior en el afuera en forma de imágenes, de historias…que apelan a menudo a nuestra propia humanidad. Conocemos las historias de libros, películas, o novelas radiofónicas en donde hay sonrisas y lágrimas. Hechos dramáticos, trágicos incluso. Y también aterradores. Y divertidos. Y …y…y… donde a menudo hay quiebros, suspense y por supuesto transformación.
En realidad, creo que todas esas historias no son otra cosa que los ecos de la infinidad de vidas contadas y no contadas que hay ahí afuera. La de la vecina, la del señor que alimenta con mirada distraída las palomas, la de alguien a quien jamás conoceremos. La tuya también, perteneciente a ese crisol incesante de vida y cambio. Y es que, según yo lo veo, lo que nos hace conectar con cualquier historia, más que la trama en sí misma, es el interés por las personas que la habitan. Así que, como cualquier historia en transcurso, solo se me ocurre dar un rótulo como cierre paradójico a este texto: Continuará…

